Las leyes inmutables del EPI

24/07/2020

La tradición de prevención de riesgos laborales tiene una trayectoria dilatada en el tiempo. En España, el hito más importante fue la creación de la Ley 31/1995 de prevención de Riesgos Laborales. En el plano de los EPI, puede decirse que los hitos más importantes fueron: la publicación de la Directiva 89/686/CEE (sustituida por el Reglamento (UE) 2016/425) sobre condiciones para la comercialización de Equipos de Protección Individual (EPI), y la Directiva 89/656/CEE, que describe las condiciones para la selección y uso de EPI por parte de los trabajadores. La primera de estas dos disposiciones establecía las condiciones para que un EPI fuese seguro. La segunda de ellas, traspuesta al ordenamiento español por el RD 773/1997, nos da las indicaciones para hacer la selección y el uso de los EPI en el entorno laboral.

Estas disposiciones, que son relativamente recientes, ordenan una realidad que subyace en los EPI, y que constituye casi una ley física o natural. Para que una persona quede perfectamente protegida mediante un EPI deben cumplirse tres condiciones que dependen la una de la otra: el EPI debe ser seguro, el EPI debe estar bien seleccionado, y el EPI debe estar bien utilizado. Un fallo en cualquiera de estos tres elementos, conduce casi siempre, al desastre, el cual se materializa en forma de accidente o enfermedad profesional. 

Estos tres principios fundamentales, han determinado la seguridad de la persona que porta el equipo desde que se utilizó el primer EPI en la historia. En esta entrada del blog, reflexionaremos sobre estos tres aspectos fundamentales de la protección individual, a través de ejemplos de EPI que se han utilizado a lo largo de la historia de la humanidad, mucho antes de que se escribieran las disposiciones legales modernas relativas a los EPI.

Los cascos militares son uno de los ejemplos de EPI más antiguos que se han utilizado desde siempre, son los ancestros de los modernos cascos que utilizamos en moto, bici, patines, etc. En la Grecia clásica, por ejemplo, uno de los elementos fundamentales de la armadura de los hoplitas era el casco (krános).

El hoplita griego debía de estar razonablemente seguro de la seguridad de su krános, es decir, debía confiar en que respondería de forma eficaz a lo que se esperaba de él, cumpliendo su función protectora, y evitando así consecuencias fatales para su portador. Si este ciudadano-soldado hubiese sospechado que el casco que le vendía el artesano de turno de su ciudad-Estado, era una birria, como mínimo habría cambiado de artesano a la menor oportunidad. Seguramente los artesanos y los hoplitas se hubiesen sentido más tranquilos si en sus ciudades Estado, hubiese existido alguna norma que les dijese cómo tenían que confeccionar el casco, qué grosor debía de tener la aleación de bronce, la apertura mínima que debía tener los orificios para los ojos del casco corintio, etc...pero todo eso de la normalización vino mucho más tarde, y ahora, nosotros podemos beneficiarnos de una certidumbre que los hoplitas y los artesanos de aquel entonces no tenían. 

Al mismo tiempo, a la hora de adquirir esta parte de su panoplia, además de asegurarse de que el casco respondería de forma adecuada, seguramente el hoplita sería muy cuidadoso a la hora de hacer una buena selección de su casco, asegurándose de no fuese tan pesado, o tan incómodo que le impidiese hacer su trabajo (como defender el paso de las Termópilas, por ejemplo), porque en ese caso, posiblemente se lo hubiesen tenido que quitar en algún momento, dejando el cráneo expuesto a las atenciones de sus enemigos. Por último, el guerrero utilizaría el casco sólo para aquello para lo cual estaba destinado: protegerle de los golpes en medio de una batalla (dentro de unos límites, claro). Por lo tanto, los hoplitas que se asegurasen de que su EPI era seguro, lo seleccionaban para que se ajustase a su fisionomía y a los rigores de la batalla, y lo usaban para lo que el artesano lo vendía, tendrían más posibilidades de volver a casa relativamente sanos y salvos, que los que no tomaban tantas precauciones.

Otro ejemplo de EPI arcaico, que en este caso no ofrecía un gran nivel de protección a su usuario, lo encontramos en la indumentaria que llevaban los galenos venecianos que tuvieron que combatir la epidemia de peste que sufrió la República de Venecia entre los años 1575 y 1577. Esta indumentaria ha trascendido hasta nuestros días como el disfraz del “dottore della peste”. En plena epidemia de peste, los sacrificados médicos que tenían que luchar contra la enfermedad se protegían con las llamativas máscaras de pico de pájaro cuyo pico se rellenaba con hierbas aromáticas, las cuales también protegían los ojos a través de unos visores de cristal. El conjunto de EPI se complementaba con un sombrero de ala ancha, guantes de cuero y un abrigo de cuero encerado que cubría el cuerpo del médico hasta los tobillos. 

En aquellos tiempos, el estado de la ciencia apuntaba a que la enfermedad se transmitía por vía aérea, y que la enfermedad penetraba en el organismo a través de los poros de la piel. Por lo tanto, el conjunto de EPI que utilizan los médicos tal vez fuese lo mejor que podía dar la tecnología del S. XVI para ofrecer un conjunto impermeable a la enfermedad, así que los médicos podían confiar relativamente en la seguridad de los EPI que portaban, ya que ofrecían protección frente a los riesgos previstos y no suponían una amenaza para la salud y seguridad de los galenos. Sin embargo, los sacrificados dottores, pese a llevar EPI relativamente seguros (teniendo en cuenta los tiempos que corrían), no estaban ni remotamente bien protegidos. En este caso, el fallo en la fiabilidad del sistema de protección radicaba en una deficiente selección de los EPI. El fallo tenía su origen en que los médicos de la época carecían de datos exactos acerca de la naturaleza, tipo y nivel del riesgo al que se enfrentaban. Dado que uno de los medios de contagio más habituales de la peste es mediante la picadura de pulgas infectadas de Yesinia Pestis, los abrigos, los guantes y el sombrero, de poco o nada podrían servir para evitar el contagio por este medio. Éste es uno de los ejemplos que demuestran que, aunque dispongas del mejor EPI que la tecnología puede ofrecer, si no lo seleccionas de forma adecuada (adecuándose al tipo y nivel de riesgo, y adaptándose tanto al trabajador como a la tarea), la protección ofrecida por el EPI no será la adecuada.

En la actualidad, disponemos de una serie de herramientas a nuestra disposición que nos permiten ponernos en mejores condiciones para la protección de los trabajadores mediante la utilización de EPI. Además de las disposiciones que nos permiten acceder a EPI seguros, y de guiar el proceso de selección y uso de los EPI, los herederos de los artesanos que fabricaban los cascos corintios, disponen de normas que no sólo les permiten fabricar cascos con una calidad que asegura una protección suficiente al usuario, sino que esta calidad es suficientemente reconocida en varias partes del mundo. Por otro lado, también disponemos de excelentes profesionales de la salud y seguridad que se afanan en investigar de forma sistemática las fuentes del riesgo, su tipo, nivel de exposición, y reunir todos los datos posibles que les permitan seleccionar el EPI que mejor se adapte al riesgo, sino que se adapte a las condiciones de la tarea y del trabajador.

La correcta protección individual se alcanza únicamente si utilizamos EPI seguros (cumplen con las disposiciones de seguridad aplicables); bien seleccionados (se ajustan al tipo y nivel de riesgo evaluado, y se adaptan al trabajador y a la tarea) y bien utilizados (se utilizan para las finalidades previstas por el fabricante). Para esta finalidad tan crucial, es fundamental el trabajo conjunto de todos los actores que intervienen en el proceso de puesta a disposición de los EPI, su selección y uso. ASEPAL siempre contribuirá a facilitar que se cubran los tres principios fundamentales de la protección individual en aras de mejorar las condiciones de de seguridad de los trabajadores y otros usuarios de EPI.